jueves, 27 de abril de 2017

La madurez tardía del Papu

Papu Gómez se coloca el brazalete de capitán / Marco Luzzani/Getty Images
Con 29 años recién cumplidos, los 14 goles y 10 asistencias que ostenta el Papu Gómez esta temporada, han llevado al Atalanta a su mejor clasificación en más de dos décadas. Los de Bérgamo se sitúan a falta del tramo final del curso en quinta posición y sueñan con volver a competición europea muchos años después.

"Solo saldré del Atalanta si llega una oferta de un club para jugar en Europa League o Champions League", afirmaba Alejandro Gómez (Buenos Aires, 1988) al principio de la campaña, cuando su nivel individual estaba varios peldaños por encima de un Atalanta que vagaba por la zona media baja de la tabla en la Serie A. Entonces, equipos de mejor reputación en el país transalpino y alguno algo más pintón de Europa preguntaron por ese chico que saltaba a jugar con un brazalete de capitán en el que se reflejaban los protagonistas de Supercampeones (Óliver y Benji) con los que toda una generación creció con un sueño común: vivir por y para el fútbol. El balón como tu mejor amigo.

Hubo una época, hace algo más de 10 años, en la que el Papu Gómez era ese niño bajito gambeteador que aterrorizaba las defensas por su precocidad y su velocidad. Ese eterno nuevo Maradona que en Argentina no se cansan nunca de buscar y cuya etiqueta tantas carreras ha destrozado. Su debut llegó con Arsenal de Sarandí con solo 17 años, club que le había visto crecer desde los ocho y su impacto fue tremendo. Tanto, que varios grupos inversores se peleaban por los derechos del jugador que estaba destacando tanto en el campeonato argentino como con la selección Sub20. Aunque, para sorpresa de todos, eso sí, el Papu fue actor secundario en la Copa del Mundo de la categoría en 2007 en la que Agüero brilló por encima de todos en un equipo que contaba con Mauro Zárate, Pablo Piatti, Maxi Morález o Ángel Di María en la parcela ofensiva.

Papu, con el Catania /
Maurizio Lagana/Getty Images
Con Arsenal ganó una Copa Sudamericana, siendo fundamentales sus dos tantos en la final ante América de México y en 2009 emigró a un San Lorenzo que buscaba llenar sus vitrinas. Allí coincidió por primera vez con Simeone y vivió una relación turbia con los dirigentes. Su actuación fue crucial en varios partidos, salvando la cabeza de un Cholo muy cuestionado por los resultados y de un equipo que iba a la deriva hasta que en el verano de 2010 se marchó al Catania, que estaba formando una colonia de jugadores argentinos considerados más bien residuales para según qué equipos nacionales. Allí iban los que no quería nadie. El Papu tuvo ofertas, muchas, pero San Lorenzo, poseedor solo de un porcentaje de sus derechos y sus dirigentes, con quien no había buena relación, decidieron mandarlo allí.

Desde que aterrizó, el Papu se erigió rápido como el mejor jugador de un equipo que iba encaminado a lo peor, con una directiva más pendiente de lo económico y lo extradeportivo que del fútbol (hoy el Catania está en Serie C por amaño de partidos). A ese Catania le cambió el gesto Simeone, que cogió un equipo en la UVI a mitad de temporada y con pocos recursos le acabó dejando en mitad de tabla sin apuros. Sentó las bases para un equipo que dos años después solo siguió en aumento. 111 partidos, 18 goles y 17 asistencias después, el Papu tomaba la decisión más importante de su vida.

El Inter de Milán había llamado a su puerta. Simeone le reclamó para el Atlético de Madrid, que estaba conformando una plantilla que acabaría ganando la Liga Española y también la Fiorentina se acercó a ver su situación. Pero él se fue al fútbol ucraniano y ahí su carrera dio un giro. Justo cuando reclamaba su convocatoria con la absoluta de Argentina, después de tres temporadas al máximo nivel en la Serie A, tomó una decisión que condicionó su futuro. "Tenía ofertas de Inter, Fiorentina y Atlético de Madrid, pero el Metalist fue más persistente. Lo consulté con mi familia y estuvimos de acuerdo", señala, y admite que la posibilidad inmediata de jugar Champions League con los ucranianos le atrae. Nada más aterrizar, la UEFA veta la participación de los ucranianos en torneo continental por amaño de partidos en 2008 y la relación equipo-jugador se empieza a fracturar.

Ese mismo diciembre aceptó rebajar su sueldo para llegar a la Fiorentina, pero el club no cedió. En verano, tras las vacaciones, alegando como motivos las revueltas que empieza a sufrir el país y la mala adaptación a su clima, el Papu, como muchos otros, decide salir de Ucrania y los clubes no pueden impedirlo. Recala en Atalanta, un club de categoría similar a lo que era el Catania cuando él estaba. Allí, Alejandro Gómez disputa ahora su tercera temporada, la que está haciéndole ser el centro de atención de la Serie A.

Tanto es así que a petición expresa del seleccionador italiano, Giampiero Ventura, solicitó la doble nacionalidad y es la Federación la que está luchando con FIFA para que el jugador pueda ser seleccionado por Italia. Al no haber jugado nunca un partido oficial con la absoluta albiceleste, la situación parecía ser viable, pero el máximo organismo del fútbol a nivel mundial se lo ha negado, pues alega que debería haber contado con esa doble nacionalidad ya en 2007, cuando disputó el Mundial Sub20 con Argentina.

Fuera como fuere, el Papu ha eclosionado. Jugador eterno de banda izquierda, regateador, gambetero y nunca goleador, la libertad con la que cuenta esta campaña para moverse por todo el frente de ataque le ha brindado de unas cifras que superan a cualquiera que haya logrado durante su carrera. Partiendo casi siempre desde la mediapunta tirado un poco a la izquierda, con la presencia de un delantero de área nato por delante como Petagna, el Papu ha colocado al Atalanta en quinta posición, por delante de equipos como Fiorentina o los dos de Milán y ahora sueña con jugar en Bérgamo la competición europea que nunca jugó en su carrera.

A sus 29 años, Italia no ha podido convocarle, pero Argentina, que necesita una renovación de trasfondo, podría encontrar en el Papu una solución para la parte ofensiva. Simeone, con quien ya coincidió en Catania y San Lorenzo, con quien tiene una gran relación y que ya ha pedido su fichaje para el Atlético de Madrid en varias ocasiones, volverá a poner su nombre encima de la mesa ahora que Gómez está en el mejor momento de su carrera. La camiseta número '10' de Atalanta es la que desde hace un par de años todos los niños llevan en la ciudad de Bérgamo. Y la culpa es del Papu Gómez, ese pequeño gran jugador de 1'65m que un día fue coronado como la nueva esperanza y que ha tenido que esperar a los 29 años para asentar su carrera. Quizás, la madurez llega demasiado tarde y este puede ser el último gran tren de un Papu Gómez que parece contento de seguir muchos años más en Atalanta. Aunque de ser así, no podrá nunca no tener remordimientos por no haberse enganchado a su última oportunidad.

jueves, 20 de abril de 2017

Malcom, visión de futuro del Girondins

Malcom / NICOLAS TUCAT/AFP/Getty Images
No hubo un movimiento mejor en el mercado invernal de la pasada temporada que el de Malcom (febrero de 1997, Brasil) al Girondins de Burdeos. El chico, que entonces tenía aún 18 años, dejó el Corinthians brasileño para, por cinco millones de euros, recalar en la Ligue 1 francesa. ¡Cinco millones de euros! Cuando lo vi de primeras anunciado, pensé que no se podía tratar del Malcom que yo conocía. Ese chico valía más. Pero no, era Malcom. El único.


El Girondins no solo se había hecho con uno de los jugadores jóvenes de Sudamérica con más proyección, sino que lo había conseguido por un precio irrisorio para los tiempos en los que vivimos, donde por cualquier medianía te hacen casi hipotecarte de tu estadio. Sin ir más lejos, el Ajax holandés acaba de pagar 15 millones por David Neres, un jugador del mismo perfil que Malcom pero con mucho menos recorrido hasta la fecha si cruzamos sus jóvenes trayectorias. Los franceses, además, aseguran también llenarse las arcas de manera ingente cuando el canarinho dé el salto a un equipo de mayor nivel, incluso del top mundial. Cosa que, vista su progresión, no parece tardará.

Su adaptación no fue sencilla. Cruzar el gran charco con 18 años, llegar a una cultura diferente, con compañeros nuevos y a jugar el fútbol a un ritmo mucho más alto en una competición que ya estaba en su ecuador no es para nada fácil. Por eso, durante el curso pasado, el conjunto galo usó a su nueva perla en diversos partidos como suplente, siendo casi siempre de la partida desde el banquillo y dándole minutos en pequeñas dosis para que lograra cuanto antes la aclimatación. El devenir del Girondins, asentado en mitad de tabla sin posibilidad de nada mejor y sin el peligro de caer en zonas de peligro, ayudó a que el equipo no contase con la necesidad de la victoria jornada tras jornada y la presión brilló por su ausencia, por lo que la transición del brasileño del banquillo al terreno fue dulce.
Malcom aterrizó en Francia como un extremo resultón. Un jugador de banda con mucho regate que en sus primeras dos temporadas como profesional en la Serie A brasileña (54 partidos) había logrado siete goles y cinco asistencias. Zurdo, Malcom juega mejor a banda cambiada, aunque su conducción con ambas piernas le hace imprevisible. Ahí, en la derecha, su estilo de juego, de llevar el balón, de regate, tiene un deje que recuerda al de ese primer Robinho que brilló en el Santos por quien se peleaba Europa entera y a ese que dejó unos primeros grandes meses en Madrid, antes de desaparecer del panorama. Aunque, tirando más a la lógica, haciendo un paralelismo más ajustado y proyectándole en un panorama más representativo, Malcom se parece más a Douglas Costa en todo.

Ambos zurdos y con un recorrido similar, la sorpresa saltó cuando el Shakthar se hizo en su día con el brasileño. Y es que aunque toda Europa iba tras el jugador del Gremio, el extremo hoy del Bayern acabó decantándose por recalar en la pequeña colonia brasileña que tiene el equipo ucraniano desde hace temporadas. Quizás ese paso intermedio, el no aterrizar directamente en un equipo primer espada, fue el que acabó por llevar a Douglas Costa a lo que es hoy, uno de los jugadores más desequilibrantes del mundo. Ese que no supo dar Robinho, lanzado al estrellato primero y estrellado después. Y ahí, Malcom, previsor, cauteloso, parece haber encontrado camino.

Y es que el del Girondins esta temporada no tiene competencia en la banda derecha y se ha convertido en el mejor jugador del equipo. Cuando el partido está apurado, Malcom; cuando la pelota quema en los pies, Malcom; si hay que ponerle pausa, Malcom; si hay que ponerle velocidad, también Malcom. Ha disputado ya 40 partidos esta campaña, entre Liga y Copas, y ha logrado unas nada desdeñosas cifras de ocho goles y cinco asistencias. 

En una plantilla de edad joven, que se cimenta en la veteranía de Toulalan, el meta Carrasco y los minutos que puede aún dar Plasil, el buen hacer de Malcom empezó por obligar al técnico a alinear a Jeremy Ménez, su jugador más diferencial sobre el papel, la estrella, el que más cobra, a su banda menos hábil hasta acabar desterrándole al banquillo. Y es que Malcom es sobre el campo el jugador más importante, aquel, por el que pasa todo el juego de ataque, la responsabilidad ofensiva. Su talento, su visión, sus ganas y sobre todo su habilidad para driblar y para generar constante peligro le hace un jugador temible. Un extremo que, siendo casi un adolescente, aún tiene que mejorar bastante, pues en el juego físico suele salir mal parado y apenas posee poderío aéreo. Aún requiere de rigor táctico y, aunque sabe leer muy bien las situaciones de partido, con la experiencia que dan los años de competición irá adquiriendo cualidades como la de elegir mejor y la de leer mejor los partidos. Además, aún tiene que potenciar su disparo.

Malcom, a sus 20 años recién cumplidos, es ya uno de los futbolistas jóvenes más destacados del continente, nominado al Golden Boy 2017, el galardón que elige al mejor jugador sub21 de Europa (el mini Balón de Oro) y que ya han ganado jugadores como Messi, Pogba, Fábregas, Agüero, Rooney, Renato Sanches, Isco, Pato o Sterling. Gracias en parte a su buen hacer sobre el césped, el Girondins de Burdeos ha dado un gran salto con respecto a la temporada anterior y ahora en la quinta plaza, peleará con el Olympique de Marsella por el último puesto que da acceso a la Europa League a falta de cinco jornadas para el final de la Ligue One.

Jugará en Francia hasta que él considere que está apto para dar el paso adelante. Y aunque en realidad un año y medio de adaptación le han servido para estarlo, será él quien decida, con tiento, la mejor opción para su futuro. Italia, España e Inglaterra le abrirán sus puertas en cuando los movimientos de mercado den su pistoletazo de salida. Y si alguien busca un extremo hábil y desequilibrante, Malcom, por ganas, por habilidades y por precio (porque al estar en un equipo menor y al haber costado poco las exigencias del Girondins serán menores) es el jugador idóneo para ocupar el flanco derecho del ataque

jueves, 13 de abril de 2017

Sandro, renacido en La Rosaleda



Casi desconocido hace apenas un par de años, defenestrado por la opinión pública barcelonista por su poca puntería cara a portería y su escasa efectividad a la hora de ser recambio de garantías de Messi, Neymar y Luis Suárez (casi nada), Sandro Ramírez (Gran Canaria, 1995) ha tenido que bajar un par de peldaños en la pirámide futbolística para dar un paso adelante en su carrera. 

El canario se siente importante en Málaga, donde es la punta de lanza del equipo que hoy entrena Michel. El delantero tuvo bien claro que sería él quien decidiría su futuro. Por eso, tras toda una vida enrolado en las filas del Barcelona, decidió no renovar con el club catalán justo cuando estaba preparado para dar el salto al primer equipo. Ser actor secundario de garantías en un Barcelona con semejante tridente se antoja complicado. Por eso Munir no dio la talla, por eso Pedro tuvo que buscar una salida y por eso Paco Alcácer pasa más minutos entre el banquillo y la grada que sobre el césped. A Sandro el tiempo le ha dado la razón. Quiso ser siempre dueño de su futuro.

Por eso, cuando el Málaga se animó a su contratación, las condiciones del punta no eran para nada del agrado del club andaluz. Sandro, que firmó gratis por tres años, exigió tener una cláusula de rescisión baja (6 millones de euros) para que, en caso de hacer una gran campaña (cosa que está sucediendo) pudiera volver a tener libertad de decisión. Fueron lentejas para el Málaga, que acabó haciéndose con los servicios de un jugador que le reportaría seis millones en un solo año y de cuyo hacer podría servirse durante la temporada. Y en caso de salir mal, se tendrían el uno al otro y nadie se habría dejado dinero excesivo. Un mero matrimonio de conveniencia.

Porque el nivel que podría dar Sandro en Primera División era una absoluta incógnita. El jugador, en sus pocas apariciones con el primer equipo del Barcelona, había generado más dudas de las que debería. Sobrepasado por querer hacer más de lo que se le debería exigir en tan poco tiempo, Sandro nunca se sintió cómodo en Barcelona. Sus cifras anotadoras en el equipo B del club catalán tampoco eran las de un delantero killer (en parte porque alternaba la delantera con la banda) y su rendimiento en la máxima categoría, fuera cual fuera el club en el que fuera a jugar, estaba en entredicho.

Sandro celebra un gol / TWITTER
Pero la directiva del Málaga acertó, y de qué manera, con un jugador que ha pasado por todas las categorías inferiores de la selección española y que en la campaña actual lleva 11 goles (9 en Liga) en 24 partidos y que, de no ser por una lesión que le ha tenido apartado más de un mes de los terrenos de juego, estaría luchando por el Trofeo Zarra al máximo goleador nacional con Iago Aspas. El Málaga ha ganado ocho partidos ligueros esta temporada y en siete de ellos Sandro ha visto puerta. Solo ante el Atlético de Madrid en el Calderón y ante el Sevilla en el Pizjuán el canario logró anotar sin que el Málaga se llevara los tres puntos.

Por eso, de los 33 puntos que lleva el Málaga, se le pueden atribuir al ya ex del Barcelona 21 de ellos. Pero Sandro no es solo números. Uno de los aspectos que más destaca de él es su polivalencia y su capacidad para partir desde cualquiera de los dos costados (aunque el prefiere el izquierdo) hacia dentro para acabar las jugadas. Esa potencia de conducción, ese control orientado largo siempre preparando su portentoso disparo desde lejos es un arma que aterra a los rivales y, en cierto modo, puede recordar un poco al estilo de juego que poseía Diego Forlán, que vivió una gran carrera en La Liga en las filas de Villarreal y Atlético de Madrid. (Ojo, atención, no se está comparando la calidad goleadora del uruguayo con la de Sandro, ni sus habilidades, sino que se compara un aspecto del juego en el que son parejos).

Sandro, además, se ha consolidado como uno de los mejores ejecutores del balón parado y esta temporada ya ha logrado marcar tres dianas a balón parado, todas de bella factura. Su partido ante el Barcelona el pasado fin de semana pone en cuestión el acierto del equipo catalán dejándole marchar y fichando como recambio suyo a un Paco Alcácer que parece estancado y que costó 30 millones. Y si bien es cierto que fue el jugador quien no accedió a renovar, sí que el Barça pudo hacer algo más por intentar mantenerle en plantilla. Sandro necesita espacios para correr, sentirse liberado, y el intercambio de golpes, el fútbol de ida y vuelta y los partidos rotos se acomodan a su estilo.

Sandro Ramírez está haciendo méritos suficientes para volver a subir un escalón más en la pirámide futbolística y unir su nombre a un equipo que pueda aspirar a cotas mayores y jugar competición europea. Tiene el carácter de ese que prefiere no quedarse relegado a un segundo plano y, aunque tenga que trabajar el doble, buscarse un futuro desde abajo. En los nueve partidos en los que no pudo estar por lesión, el Málaga solo venció en uno y tras su recuperación ha ido jugando cada vez más minutos hasta lograr estar al 100% de su rendimiento en los últimos cuatro duelos, de los cuales el Málaga ha ganado dos (Barcelona y Sporting con goles de Sandro), ha perdido uno (Atlético de Madrid) y ha empatado otro (Leganés). 

Sandro radicaliza todo el juego y es capital en un Málaga que sabe que si el jugador quiere puede abrir la puerta de salida el próximo verano. Novias no le van a faltar. Como uno de los últimos delanteros en pisar la Sub21, presenta también su candidatura a ser uno de los jugadores que puedan acudir en próximas convocatorias con la absoluta de Lopetegui. Su siguiente paso debe ser adecuado para no volver a cometer errores del pasado y engordar el banquillo de un equipo que no le tenga como fundamental y donde pueda sentirse realmente útil. Y no parece ser de esos que toman decisiones precipitadas.

viernes, 7 de abril de 2017

Andrea Belotti, el canto del gallo




Andrea Belotti es de esos jugadores que uno conoce antes por los videojuegos que por el fútbol de la vida real. Delantero por excelencia del Football Manager, de esos que mejoran y progresan hasta límites insospechados y que, en muchas ocasiones, se acaban convirtiendo en algunos de los mejores jugadores en el mundo de carne y hueso. Otros muchos no. Porque igual que en esas caricaturas de la vida triunfaron Falcao, Agüero, Firmino o Coutinho cuando eran absolutamente desconocidos, otros wonderkids como Lulinha o Matías Suárez se quedaron en el camino, o no llegaron a todo lo que apuntaban.

Tuve conciencia de la existencia de Andrea Belotti (20 de diciembre de 1993, Bérgamo) en 2012-2013 cuando me rompió, de manera 'jueguil', el corazón. Entonces yo jugaba al FM con el Catania, con todo lo que eso conlleva: límite salarial bajo, política de fichajes austera, restricciones ilimitadas a la hora de fichar. Todo un hándicap que lograba más o menos solventar con una red de ojeadores que por todo el país me hacían informes de los chicos maravilla. La larga lista de delanteros jóvenes con potencial y de nacionalidad transalpina quedó entonces reducida a un solo nombre: Andrea Belotti, jugador del AlbinoLeffe de la Tercera División italiana. Pero él, con dos ofertas encima de la mesa, decidió rechazar la mía (jugando en Serie A) y fichar por el Palermo, eterno rival siciliano del Catania, de la Serie B. 

No fue hasta entonces cuando conocí fuera de la vida tecnológica a Andrea Belotti. En la vida real, cosa curiosa, también firmó con el equipo rosanero. Y fue esa serie de coincidencias la que me hizo querer saber algo más del chico que me había atormentado en un simple videojuego. Belotti aterrizó en un Palermo que contaba con Abel Hernández como jugador estrella y donde ya asomaban la cabeza Paulo Dybala y Franco Vázquez. También Kyle Lafferty tenía presencia en el ataque y dotaba al equipo de la veteranía y experiencia de la que sus arietes carecían. Nada impidió al reciente fichaje ser importante y, en su primer gran envite, acabar el curso con 10 goles ligueros pese a no llegar a la veintena de años. Una puesta en escena que le dio la razón al propio delantero, que incluso fue capaz de poner 500.000 euros de su bolsillo para llegar al equipo siciliano.

Pero Belotti, que se empezaba entonces a labrar un futuro como delantero, podría haber tenido otro destino bien distinto. Más lógico incluso para la gente como él, llegada de pueblos pequeños donde no se dispone de un gran escenario y la exposición y el alcance es mínimo. Calcinate es la localidad de Bérgamo que vio nacer a Belotti hace 23 años. Con poco más de 5.000 habitantes y sin un solo personaje reconocido en toda su historia, salir de allí y tener éxito, ser una persona reconocida en cualquier ámbito de la vida, parecía una utopía.

Belotti celebra un gol haciendo el Gallo / AFP
Belotti cambió ese destino sin quererlo. Es ya conocido en toda Italia como El Gallo por la forma que tiene de celebrar los goles, haciendo de su mano una cresta y fingiendo ser uno. Hay quien dice que es porque cuando apenas era un crío se pasaba horas y horas correteando detrás de los que tenía su tía en el corral de su casa aunque, en realidad, es en honor a su amigo de la infancia, casi como su hermano, que de nombre se llama Juri y tiene como apellido Gallo. Hay celebraciones que van siempre acompañadas de la imagen de un jugador. Como aquella palma que Alan Shearer no se cansó de enseñar, como el gesto con los dedos que hacía Ronaldinho, como las orejas de Juan Román Riquelme o como aquel saltito '¡toma!' de Rivaldo. El Gallo de Belotti parece haberse unido al clan.

En esta su segunda temporada en el Torino, Belotti se ha destapado como el talentoso goleador que ya apuntaba a ser hace muchos años. Con 25 goles y cuatro asistencias en 30 partidos, se ha convertido en el jugador capital del equipo del toro, que cimenta todo su juego en el Gallo, que lidera junto a Dzeko la lista de máximo goleador de la Serie A y presenta su candidatura a la Bota de Oro que con 27 tantos gobierna Messi. Belotti ha tirado abajo la puerta de la selección italiana sin siquiera llamar a ella y ha obligado a base de goles a Ventura a incluirle en las últimas convocatorias de una azzurra que parece estar en construcción y haber encontrado a su delantero de la próxima década. Con la camiseta nacional, El Gallo ha jugado cuatro partidos oficiales, logrando tres goles y dos asistencias.

Pero de Belotti no solo asombra su calidad para con el balón, que no es poca. Su altruismo, su bondad, ese sentimiento de agrado por el chico que juega por pura diversión, que siente lo mismo que cuando jugaba en aquellas plazas inhóspitas de Calcinate. Pura pasión. Varios de los grandes de Europa ya han preguntado por él en épocas en las que el gol escasea y el Torino, sabedor no solo de la perla que tiene entre manos si no de las locuras que hoy se cometen, le ha tasado como intransferible. O, de otro modo, de no negociable y salvo locura de 100 millones de euros (su cláusula de rescisión para clubes extranjeros), El Gallo seguirá siendo un toro.

Distinta podría ser la situación de llegar por él una oferta de un equipo del país. En ese ímpetu de la Serie A por seguir creciendo como Liga y de cerrar las puertas a exportaciones a ligas como la Premier o la Española, los todopoderosos transalpinos podrían hacerse con el niño maravilla del Torino por algo menos de esos 100 millones de euros, aunque la jugada seguiría sin salir barata. Tirándose de los pelos estarán en Atalanta, el club más poderoso de su zona natal al que su abuelo iba a ver en bicicleta, el que le rechazó cuando solo era un crío por el simple hecho de que no le veían cualidades. "Ser rechazado por el Atalanta me hizo daño", sigue afirmando él entre goles.

Quizás su futuro está más cerca de Milán, donde admite tener una simpatía clara desde pequeño, sobre todo gracias a Shevchenko. "Mi hermano es un gran fan del Milan. Me llevaba a verle de pequeño y yo me hice también hincha. Aunque ahora, como jugador profesional, esa pasión ya no es como entonces. Sé que me debo al equipo en el que juego", señala, con cabeza, un jugador reconocido por su sus cualidades humanas. Parece tener los pies en la tierra y la cabeza amueblada. Quizás la cualidad que le ha llevado más lejos, incluso por encima de su capacidad para marcar goles.

Y es que su sencillez para marcar goles es inusual. Ver jugar a Belotti es ver a ese tipo que remata pese a que le están agarrando. Es ver a ese chicuelo que se tira en plancha y se deja las rodillas en el césped por un gol por el que los demás ni imaginan. Es ver a un '9' metiendo el pie en un un lugar en la que el resto de los mortales no desearía ver ni a su mayor enemigo. Es ver cómo un delantero se eleva por encima de su par, pareciendo un gigante contra un enano. Es ver el hambre de gol, el afán de superación. Belotti es pelear cada balón como si fuera el último; es chutar, fallar y coger el mismo rebote; Belotti es estar siempre bien colocado y si no, apañárselas para aparecer de la nada; es el oportunismo, el remate al primer toque, el control de espaldas y el choque cuerpo a cuerpo con el defensa. Belotti es un derroche de adrenalina. Es ese delantero que no necesita de compañeros para hacer un gol de la nada. Jugar contra Belotti es quedarte encerrado en una jaula con un león hambriento. Belotti es gol. Es ese delantero que aterroriza las defensas del Calcio y que pronto lo hará en toda Europa. Jugar contra Belotti es venir de una batalla de guerra. Es ese gallo preparado para la pelea.

sábado, 18 de marzo de 2017

Moussa, el otro Dembélé



No son hermanos, ni primos lejanos, aunque el de Dembélé sea apellido sinónimo de fútbol y éxito en los últimos años. Ambos nacieron en Francia, aunque tienen ascendencia africana, se desenvuelven en ataque y aún no han llegado a los 21 años ni a la madurez futbolística. Solo les separan 14 meses y mientras Ousmane ya centra el ojo de todos los focos, tras su flamante fichaje por un Borussia Dortmund que se adelantó a las mejores potencias, Moussa ha dado el salto de jugar en Championship a hacerlo en Champions con el Celtic y ser un jugador diferencial en una Liga hoy en horas bajas.

Moussa Dembélé (12 de julio de 1996, Francia) sería el Dembélé del que todo el mundo hoy hablaría si no hubiera sido coetáneo con Ousmane, el jugador que copa las listas de mejor jugador joven del mundo, está llamado a liderar a la selección francesa y tiene el listón para el futuro ya muy alto. Tampoco hay que confundirle, por cierto, con Mousa (con una s) Dembélé, internacional belga que como el protagonista de esta entrada adquirió fama jugando para el Fulham antes de que el Tottenham le lanzara al estrellato.

Moussa Dembélé arrancó su carrera en tierras británicas sin definir muy bien su posición. Su portentoso físico de atleta de mediofondo (1'83m) le permitía jugar en un costado y en el centro del campo, siempre con tendencia ofensiva hasta que terminó centrando su posición de manera definitiva para jugar en la punta de ataque. Su bien nivel con el equipo reserva del Fulham, además del buen desarrollo de su metabolismo, permitió que con 17 años recién cumplidos debutara en Premier League en la que es la última temporada hasta la fecha de los cottagers en la máxima categoría.

Dembélé celebra un tanto./Ian MacNicol/Getty Images
De ese descenso se benefició el ariete galo. Los jugadores con más nombre como Berbatov, Riise, Heitinga, Richardson, Duff o Sidwell salieron y le llegó el turno a los secundarios. De haber mantenido la categoría, Dembélé habría tenido más complicado el disfrutar de minutos y probablemente habría acabado cedido en ligas aún más inferiores. No fue así y, gracias a su buen hacer con la selección de Francia, Dembélé consiguió empezar a labrarse un nombre entre las agendas de los clubes importantes.

Y es que Dembélé ha crecido de la mano de las categorías menores del equipo nacional. Por eso, ha jugado y ha sido parte vital del equipo Sub16, Sub17, Sub18 y del Sub19, al que llevó a la tercera plaza de la Eurocopa de 2015, donde fueron apeados en semifinales por una España campeona. Su progresión con los galos, eso sí, se ha visto parada en la Sub21, para la que solo ha jugado cuatro partidos (anotando cuatro goles). La calidad y la cantidad de los jugadores de ataque juveniles que hoy tiene el equipo francés, como Mbappé, Augustin, Koziello, Cornet, Lemar o Coman, entre otros han cerrado un poco las puertas de un Dembélé que posiblemente acabe dando el salto a la absoluta antes de jugar mucho más con su predecesora.

La temporada 2015-2016 fue la de su eclosión, marcando 15 goles y repartiendo siete asistencias en la Championship y ganándose un fichaje por el Celtic de Glasgow escocés. El Celtic, tierra de artilleros, necesitaba un compañero de ataque que complementara a Leigh Griffiths (40 goles en el último curso), pero rápidamente quedó claro que sería éste quien sirviera de escudero a Dembélé.

El traspaso solo dejó medio millón de libras en las arcas del Fulham, pues el jugador finalizaba su vínculo con los cottagers, que solo recibieron dinero en concepto de desarrollo de jóvenes. Una fuga de Inglaterra que aún hoy no se explica Thierry Henry, que no entiende cómo el Celtic de Glasgow 'le robó' a la Premier League un talento en sus narices. "Es un error gravísimo de los equipos de la Premier. Él jugaba en Inglaterra, en el Fulham. Ahora su precio son 40 millones y tú vas a tener que pagarlo. No estamos hablando de si los vale o no, pero es el precio que tienes que poner si lo quieres", se lamentaba el ex del Arsenal.

"Nosotros ya sabemos lo que hacía en el Fulham, Es un buen jugador, marca goles, lo hace bien con la Sub21 y ya está la Federación buscándole sitio para subir con el equipo absoluto. Él conoce el fútbol inglés, ha hecho goles en Championship y ahora los está haciendo en Escocia, por lo que uno sabe que físicamente está preparado para jugar en Premier", señala el ya retirado delantero francés.

Y es que el buen hacer de Dembélé, que ha anotado 32 goles en lo que va de curso con el Celtic, ha multiplicado su valor de mercado hasta el punto que tanto equipo como jugador rechazaron una suculenta oferta del Chelsea en invierno por 35 millones de libras. Los blues, con Diego Costa peleado con el mundo, dejando incierto su futuro, y un Batshuayi que no acaba de dar el nivel exigido, buscaron en Escocia sin éxito.

Dembélé ha crecido a pasos agigantados en Celtic Park de la mano de Brandan Rodgers. Es un jugador muy vertical al que le gusta arrancar con balón controlado desde atrás. Si puede hacerlo todo en menos toques, lo hace. Aún le queda mucho por mejorar y evolucionar, pero poco a poco en Escocia ya se le ven visos de grandeza, acciones de delantero puro nato que antes no tenía. Acostumbraba mucho a enredarse en zonas de poca influencia o realentizar demasiado el juego con acciones banales, pero ahora lo hace todo mucho más práctico. Su gran fuerza física le permite jugar bien de espaldas y su cambio de ritmo con balón controlado cuando encara a su par es difícilmente defendible. Dentro del área no se complica y es su primer toque lo que más ha mejorado desde que salió de Inglaterra y fuera de ella busca siempre perfilarse a su pierna diestra para disparar con una rosca inalcanzable. Completísimo.

Un tanto suyo cerró el partido perfecto y le dio al Celtic la Copa de la Liga el pasado mes de noviembre, logrando el título número 100 en la historia de los escoceses, que este año tienen la Liga encarrilada y apuntan al triplete logrando la Copa de Esocia, donde están ya en semifinales. Se ha ganado por mérito propio el apodo de Hunskelper, ese que le da la afición del Celtic a sus chicos favoritos y, sobre todo, a aquellos que logran perforar las redes del Rangers, el eterno rival.

Moussa Dembélé sigue creciendo como la espuma en este su primer gran año en la élite. Solo tiene 20 años y este curso ya ha marcado 32 goles en todas las competiciones, incluyendo tres hattricks (uno de ellos al Rangers), un doblete en Champions League ante el Manchester City y jugó un gran partido ante el Barcelona, poniendo en jaque varias veces a Piqué y Mascherano. Es el líder de la tabla de goleadores en la Scottish Premier League y uno de los delanteros que ya llama a la puerta de los grandes. Liverpool, Arsenal o Chelsea buscan delantero. El Manchester City está a la espera de la decisión de un Agüero que parece haber perdido sitio en ataque tras la llegada de Gabriel Jesús. Sus vecinos del United no saben qué sucederá con un Ibrahimovic que acaba contrato y el Everton vive en un suplicio desde que Lukaku ha rechazado renovar porque quiere salir. ¿Dembélé? Candidato en todas las quinielas.

viernes, 17 de febrero de 2017

Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos ver

Antes de empezar a leer esta entrada, es importante poner la mente en blanco. Olvidar todos los problemas de la vida y simplemente disfrutar de cada palabra, cada línea, con los versos de fondo de Forever Young de Bob Dylan. Porque así lo habría querido Adrian Doherty, la estrella del Manchester United que nunca pudimos llegar a ver. La leyenda de Old Trafford que el periodista Oliver Kay ha revivido en su libro, titulado del mismo modo que la canción de Dylan, en honor al espíritu y gusto de Doherty.

Dicen los que jugaron al fútbol a su lado que no había nadie con la pelota en los pies como él. Que el talento que Adrian Doherty (10 de junio de 1973, Strabane, Irlanda del Norte) poseía era único y que no ha habido otro como él, ni posiblemente lo habrá. Ryan Giggs, de alguna forma, le da las gracias porque si él no se hubiera lesionado, "nunca habría podido tener una carrera a tan alto nivel, él me habría cerrado la puerta". Matt Bradley, su descubridor, le define como "el mayor talento en un campo de fútbol desde George Best" y Brendan Rodgers, que compartió césped con él en sus inicios como jugador, augura que "Ryan Giggs y los Neville admiten que Doherty era mejor que ellos". 

Cuentan los que le conocieron en profundidad, que Adrian Doherty era mucho más que un futbolista excepcional. Que tenía un aura especial, que estaba tocado con una varita, que todo lo que hacía, lo hacía bien (salvo dibujar, como remarca un amigo suyo de la infancia). Adrian Doherty era ese chico capaz de aprender a tocar la guitarra por sí mismo, de componer canciones y poesía (su gran pasión) como pocos con mucha facilidad. Adrian Doherty era ese chico que, por pura diversión, regalaba sus entradas para ir a Old Trafford y se metía en el metro a tocar la guitarra. Ese chico que, con 13 años, en plena época de violencia en su pueblo por la guerra de las dos Irlandas, fue capaz de apartar a un batallón de soldados de sus quéhaceres y ponerse a jugar con ellos al balón en mitad de la calle. Aquel que "jugaba al fútbol como Ryan Giggs y tocaba la guitarra como Bob Dylan", en palabras de su excompañero en Manchester Sean McAuley.

Adrian Doherty, con el equipo juvenil del Manchester United
"Le veías en el campo y era muy rápido y habilidoso. Un jugador excelente con ambos pies. Adrian era completamente un talento natural, lo hacía todo parecer muy fácil. Trístemente, justo antes de hacer su debut con el primer equipo, se lesionó de su rodilla", se deshace en elogios Sir Alex Ferguson sobre él. "Ferguson era durísimo conmigo. Me gritaba varias veces cada entrenamiento cuando era un juvenil. Y luego, miraba a la otra banda y veía cómo nunca regañaba a Adrian. Claro, que para ser sincero, he de decir que siempre lo hacía todo bien", señala Giggs.

Y es que, casi por encima de los Busby Babys, en Manchester se recuerda a la tan aclamada 'Class of 92', la generación de jugadores entre los que estaban David Beckham, Paul Scholes, Ryan Giggs, Gary y Phil Neville y Nicky Butt, entre otros, como la mejor generación de la historia de los Red Devils, esa que llevó al club a la gloria y que inició el proyecto de lo que hoy es el equipo más laureado del país y uno de los clubes más exitosos de todo el planeta. Han hecho entrevistas, han grabado vídeos y hasta se ha rodado una película-documental contando sus vivencias, pero lamentablemente, nadie recuerda a Adrian Doherty, o como en el seno de Old Trafford se le conocía: The Doc

Adrian Doherty no era un futbolista al uso. Pasó algo más de cuatro años de adolescencia siendo jugador del Manchester United, recibiendo una paga semanal por parte del club inglés, y nunca se le vieron visos de grandeza. Doherty no llevaba tatuajes, ni ropa de marca. No le ponía interés a su imagen, no lucía peinados extravagantes. Jamás se le vio con el pelo engominado, la moda de entonces y pasaba por los espejos sin reparar en el reflejo de su imagen. Nada le importaba el qué dirán. Algunos le definían como bohemio. Otros, como hippy. La mayoría concluye que simplemente era Adrian Doherty. El chico que nunca sabía dónde había puesto su traje y la corbata que tenía que llevar los días de concentración. Aquel que con 16 años bajaba a desayunar con los jugadores del primer equipo del United en chanclas y pijama mientras era norma no escrita que se hiciera en chándal y deportivas. Aquel que fue el primer jugador de la historia en firmar un contrato profesional a la edad de 16 años.

Adrian Doherty nació y creció en Strabane, en medio de las revueltas que surgían en las dos Irlandas, inmersas en un proceso de guerra civil que derivó en que el chico viviera entre las recurrentes bombas y los crueles asesinatos que se cometían en su entorno. El segundo de cuatro hermanos, Adrian, o Aiden, como se le conocía en casa, heredó de su padre el gusto por el fútbol y, sobre toda las cosas, por el Manchester United. Jimmy, su progenitor, había jugado para el Derry City, el club local y rápido transmitió sus genes futboleros a su nueva generación.

Las primeras muestras de su habilidad llegaron en la escuela primaria, en el colegio St. Mary. Allí se enroló en el equipo del colegio, con chicos todos mayores que él, pero eso no importó para dejar a todos boquiabiertos al poner en práctica lo que había practicado tantas tardes con su hermano mayor Gareth en el jardín de casa. "Era un crío, era más pequeño que todos, pero ya le veías que era el doble de bueno que el resto", admite su amigo Nial. Una visión que corrobora John Farrell, que solía arbitrar los partidos locales de las categorías infantiles."Incluso a la edad de 8 y 9 años ya le veías que era demasiado bueno. Él cogía el balón y... no puedo describirlo. Era como un lagarto, era una especie de Johan Cruyff". 

Doherty / M. United
Su padre empezó a darse cuenta de las capacidades de su hijo a la edad de once años cuando le veía solo en el jardín, sin la mirada de nadie más y empezaba a disfrutar con el balón, o con lo que fuera. "Empezaba a rematar de cabeza el balón contra el muro de casa. No lo dejaba botar. Le veías hacerlo sin problema 100, 200, 300 veces como si nada y el balón no caía. Entonces, cuando pensabas que lo había hecho todo, dejaba a un lado el balón de fútbol, cogía una pelota de tenis y lo repetía. 100, 200, 300 veces. Y no se le caía, lo hacía como si fuera la cosa más sencilla del mundo". Adrian no lo hacía por lucirse, simplemente, por pura diversión. 

A la edad de 12 años, por primera y última vez, un entrenador se atrevió a quitarle del césped. Fue en un campus de verano y Brian McGillon era el encargado de dirigir a los jóvenes en un partido de fútbol gaélico (ver las normas del deporte y su desarrollo aquí). Adrian no tocaba el balón con las manos, se recorría el campo entero controlando con la cabeza y los pies

Volvió entonces a disfrutar del fútbol en el equipo Melvin, donde llevaba desde los 11 años. El entrenador decidió subirle a la categoría Sub15, con chicos tres y cuatro años mayores que él. "Adrian destrozó mi carrera como futbolista", recuerda su hermano mayor. "Tenía cuatro años menos que yo y el míster me había dicho que le iba a subir a nuestra categoría. Él jugaba como jugador de banda derecha, como yo, y después del primer partido yo ya era su suplente". 

Adrian Doherty se dio a conocer públicamente en Irlanda el 5 de mayo de 1983. Con casi 13 años, el Derry City había acordado jugar un partido amistoso con el Nottingham Forest, entonces entrenado por Brian Clough y considerado como uno de los mejores equipos del mundo tras su reciente doble conquista europea. Como teloneros, antes del gran evento, había preparado un partido entre los chicos Sub14 del Derry City y un combinado de jugadores de la categoría de la zona. Ahí, entre ellos, estaba Adrian Doherty, preparado para dejar boquiabiertos a toda una multitud que se había dado cita para ver el plato fuerte de aquel día. 

"Para ser sincero, nadie habló del partido entre el Forest y el Derry City aquel día. En boca de todos solo estaba el chico al que acababan de ver", señala Peter Hutton, jugador-entrenador del equipo local. Y es que Adrian marcó los dos goles de la victoria 2-0 ante el Derry Sub14, que era claramente favorito, de una forma que hoy reconoceríamos como 'estilo Messi'. Los goles, por cierto, pasaron vagamente por Youtube hace unos años, aunque rápidamente fueron censurados por Copyright. En ellos se podía ver a un joven chico con las piernas muy largas regateando a todos los que salían a su búsqueda y con una rapidez y un control de balón impropio para un crío de 13 años. 

Tal fue su exhibición, que Brian Clough quedó anonadado y envió Liam O'Kane, su asistente, a que tuviera un acercamiento con su entorno. Sorpresivamente, O'Kane y Jimmy Doherty habían compartido vestuario años atrás en el Derry City y la 'negociación' fue sencilla: El Nottingham Forest quería a Adrian Doherty a toda costa y se fijó una fecha para hacer una prueba. De forma paralela, Doherty dejó Melvin y pasó a jugar en Moorfield Boys, un club que entrenaba Matt Bradley, scouter profesional que había trabajado para el Celtic y para varios clubes de la Primera División Inglesa. "El momento en el que le vi, sabía que era el mejor chico que había visto desde George Best", admite Bradley. 

Entonces, el Arsenal estaba siguiendo a McIvor, un compañero de Adrian en Moorfield. El ojeador John Dillon había sido enviado para seguir al jugador, pero tras ver un partido de exhibición, rápido cambió su hoja de ruta y se centró en Doherty. "Esa misma noche nos llamó y nos dijo que el Arsenal quería ficharle", señala Jimmy Doherty. A los pocos días pasó una prueba y al día siguiente ya tenía el acuerdo con el Arsenal preparado para ser cerrado. Matt Bradley, seguidor empedernido del Manchester United, dolido porque le iban a quitar a su perla, escribió una carta a Sir Alex Ferguson. Ya que le iban a quitar a su jugador, que lo hiciera el equipo del que él era hincha. Ferguson no dudó en responder a la petición de su homólogo y mandó a un ojeador a ver jugar a Doherty. Solo hicieron falta 10 minutos para que el Manchester United ofreciera su futuro a Doherty

"Hemos observado a su hijo y queremos ofrecerle un contrato", le dijo Sir Alex Ferguson al padre de Adrian cuando llamó a la familia por teléfono. "Cuando evaluamos a un jugador joven, vamos marcando las casillas en las que destaca: Velocidad, coraje, técnica, fuerza, visión y algunas más. Con Adrian hemos marcado todas las casillas, lo que es extremadamente raro". Arsenal y Nottingham Forest no tenían nada que hacer.

Así, con 14 años (aunque llegaría a la entidad de forma oficial meses más tarde), Adrian Doherty se convirtió en jugador del Manchester United, cuya camiseta solo se quitaba para ponerse la de Irlanda del Norte, en cuya selección juvenil jugaba desde hacía tiempo y donde compartía equipo con Brendan Rodgers. En una Irlanda dividida, ser católico aparentaba ser un gran hándicap. Era el único de toda la plantilla en serlo. Eso levantaba ampollas y prejuicios que se esfumaban nada más le veían tocar el balón. No obstante, eso y la incapacidad futbolística de sus compañeros le hizo pensarse en más de una ocasión cambiarse de bando y jugar con República de Irlanda, donde ciertamente sería mejor aceptado y donde podría tener una mejor carrera. 

Poco a poco empezó a integrarse en la vida del Manchester United. Vivía en un centro junto a otros compañeros y hacía largas concentraciones a las que iban todas las categorías de los Red Devils. Le costó adaptarse a vivir fuera de casa, tanto que incluso, un día, pidió al club que le dejaran volver a casa. Ferguson, sabedor del talento que tenía entre manos y que Doherty no era como el resto, le permitió marcharse unos meses. Pero Adrian nunca quiso volver. La morriña que sufría en el Cliff, famoso centro de entrenamiento del United desde 1938,  le impedía sentirse cómodo y el club acabó haciendo una excepción única para que el chico viviera en casa de unos familiares lejanos, que residían relativamente cerca del cuartel del United. 

Los tiempos en Old Trafford eran difíciles. El equipo rozaba el descenso en la temporada 1989/90 y Sir Alex Ferguson estaba en el alambre. Su continuidad como técnico estaba en entredicho y solo el buen hacer del equipo juvenil, que lideraba Doherty por la derecha junto a Giggs por la izquierda, mantenía la posibilidad de un futuro esperanzador. Ferguson le había dedicado mucho tiempo a los juveniles y eso lo sabía la directiva, pero los resultados inmediatos que exigía la grada para el primer equipo no llegaban y eso pesaba demasiado. A la gente descontenta, entonces, se le invitó a acudir a los duelos del equipo juvenil, donde la directiva estaba segura quedarían maravillados.

 FA Cup Youth Semifinal. 1 de abril de 1990. Arriba: Bosnich, Ryan Giggs, Darren Ferguson, Sixsmith, Lydiate, Sean McAuley.  Abajo: Mark Gordon, Craig Lawton, Lee Costa, Tonge y Adrian Doherty / Man. United
Esos partidos los seguía, y los sigue, Tony Park. Park es uno de los aficionados más célebres del Manchester United, conocido por su exhaustivo seguimiento de todas las categorías desde que tenía uso de razón. Su colección de libros del club es inenarrable y guarda recortes, fotos y notas personales de cada partido que pudo disfrutar, que en categoría juvenil, han sido prácticamente todos en los últimos 40 años. "Era un demonio de jugador. Si puedes llegar a imaginarlo... Coge un poco de Ryan Giggs, un poco de Andrei Kanchelskis y un poco de Cristiano Ronaldo. Mézclado todo, y ahí tienes a Adrian Doherty", revela Park, que describe en sus crónicas particulares las hazañas de Doherty con el equipo juvenil. "Él era imparable, recuerdo a un entrenador del equipo decirme que solo había tres jugadores en toda la plantilla que llegarían al primer nivel: Giggs, Scholes y Doherty. Solía decirme que Giggs tenía una zurda magnífica y velocidad y Scholes era control y muy constante en el juego, pero que Doherty lo tenía todo", añade Park.

Gary Neville, que era dos años menor que Doherty y ya de vez en cuando entrenaba y jugaba con su equipo, recuerda: "Tenía un talento fantástico. Tenía mucha facilidad para regatear jugadores, poseía una gran habilidad. No he visto nunca nada como él. Tienes que tener mucho cuidado cuando haces este tipo de comparaciones, pero tenía una habilidad como la de Messi".

Doherty / Man. United
Con 16 años y 287 días, Sir Alex Ferguson incluyó a Adrian Doherty en una concentración con el primer equipo del Manchester United. Era el jugador más joven en hacerlo desde que en 1953 lo hiciera el mítico Duncan Edwards. Varios jugadores de la primera plantilla estaban entre algodones y, de no pasar una prueba física, Adrian haría su debut oficial en una convocatoria. No sucedió, pero el jugador empezó a sumar convocatorias ya con el primer equipo. Ferguson quería que cogiera experiencia, pero de momento rehusaba a darle la alternativa pues el equipo juvenil estaba en las fases finales de la FA Cup y quería que su mejor jugador le diera el título al segundo equipo.

Al final de la temporada 1989/1990, Doherty fue llamado a las oficinas del club. Allí se le ofreció un contrato profesional. A excepción del mencionado Edwards, nunca antes ningún jugador firmó un contrato profesional a tan temprana edad y, además, ninguno había llegado a las cifras que el Manchester le ofrecía a un jugador que ni siquiera había cumplido los 17 años. 200 libras semanales fijas, más bonus por partidos, victorias, goles, más una suma de dinero de cinco cifras que no se quiso revelar al final de cada una de las cinco temporadas que le habían ofrecido.

Doherty, que jugaba al fútbol por divertirse, que no esperaba, ni quería, la admiración del graderío cuando tenía el balón en los pies, que solo quería disfrutar del momento por querer sentirse Forever Young, que, pese a que tenía ambición por ser el mejor jugador del mundo, no perdía un solo minuto que pudiera dedicar a componer canciones y poesía, decidió rechazar el contrato. "No sé dónde quiero estar en los próximos cinco años", se excusó. 

"¿Cuánto quieres firmar?", preguntó Ferguson.

"Un año, quizás dos", contestó Doherty.

"Tienes que pensar bien lo que estás diciendo. Es una buena oferta, hay chicos en tu equipo que darían su brazo derecho por un contrato como esté", sugirió el técnico.

Al final, Adrian Doherty firmó por tres años y ligó su futuro inmediato al Manchester United, que ya estaba preparando el terreno para su debut oficial con el primer equipo. Adrian Doherty fue informado, de forma oficial, de que iba a entrar en una convocatoria en los próximos partidos. Sin tener que esperar a que un compañero no pasara el corte médico, sin tener que aguardar al último momento para saber si iba a estar en el banquillo o en la grada, Adrian Doherty se preparó para el día que estaba marcado en rojo en el calendario de su vida: el 3 de marzo, ante el Everton, iba a ser el día de su debut. Pero llegó el día y, en su lugar, quienes sí debutaron fueron Giggs y Darren Ferguson. Doherty, en cambio, vio el partido desde la grada junto a Steve Bruce, Bryan Robson o Mark Hughes, todos lesionados.

"No te preocupes, llegará pronto", le dijeron los veteranos. Adrian, tocado de su rodilla por un 'pequeño' problema surgido apenas 10 días antes, se cayó de la lista en el último momento. Y es que ese pequeño problema fue más grave de lo que a priori pareció y terminó con la carrera de un futbolista que nunca llegó a jugar un partido profesional, que fue el mejor jugador que nunca pudimos llegar a ver y del que sólo disfrutaron unos pocos afortunados.

"Aún puedo ver, cada día, el partidillo y el momento exacto en el que Adrian se rompió el cruzado, o cualquiera que fuera la lesión que tuvo", admitió Sir Alex Ferguson en 1999 (8 años después de la lesión), mirando desde la ventana de su despacho el campo de entrenamiento donde todo sucedió. Fue el 23 de febrero de 1991, una semana antes del partido contra el Everton que nunca pudo jugar. El Manchester juvenil estaba jugando un partido de entrenamiento contra los chicos del Carlisle cuando la rodilla de Doherty hizo 'BANG'. "No fue falta, simplemente un balón dividido. Fuimos al choque, la rodilla se me torció y yo me caí. No me dolía, me levanté e intenté correr rápido a por el balón, pero no podía andar", explicaba Doherty.

Jim McGregor, fisioterapeuta del club, intuyó que se podía tratar del cruzado. Nadie entró en pánico. La rotura del ligamento cruzado hasta entonces era una lesión prácticamente desconocida. Los esguinces o las distensiones sí estaban más vistas y con algo de reposo y rehabilitación, el jugador podía volver a jugar en unas semanas. Ese fue el primer diagnóstico que se le dio a un Adrian que, ahora sí, admitía sentir un dolor insoportable.

El problema es que ningún médico se ocupó del caso en primera instancia, y McGregor, que solo era un fisio, no puso nunca en los informes que podría ser una lesión de ligamento cruzado. Nadie ordenó hacer un escáner, se concluyó que el chico tenía solo un esguince y que rápido estaría disponible para jugar. Así, el 22 de marzo, su nombre aparecía entre los titulares del partido de FA Cup juvenil ante el Southampton en el folleto que se repartía en la puerta del estadio, aunque nunca llegó a jugar. 

En mayo del mismo año, dos meses y medio después de la lesión, Doherty volvió a los campos. Haciendo rehabilitación por su cuenta, sin asesoramiento del club, Adrian ya estaba de vuelta para jugar el torneo Blue Stars, donde los juveniles de los mejores equipos de Europa medían sus fuerzas en partidos de 40 minutos. En solo 24 horas, Adrian jugó cuatro, todos completos. Cuando terminó el torneo y sin casi tiempo para llegar de Zúrich, Adrian fue convocado para ir con el primer equipo a un doble encuentro amistoso en Trinidad y Tobago. En vista de la situación de fatiga que sentía y de la cercanía de la lesión, le pidió al club que le liberara y tener así algo de descanso. La misiva fue rechazada y Adrian viajó con el equipo para caer lesionado en el primer partido. Esa rodilla no estaba bien.
Adrian Doherty / The Guardian
Se fue entonces de vacaciones, como el resto de la plantilla, y volvió el 24 de julio para preparar la pretemporada. Fue entonces, cinco meses después de la lesión, cuando el cuerpo médico se decidió a hacerle una resonancia magnética en la que se descubrió que tenía una rotura en el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha. Una lesión que no era desastrosa, según Jonathan Noble, el médico que se encargó del caso, que decidió que no era necesario operar

El 4 de septiembre de 1991 no había ningún signo de mejora por parte del jugador, por lo que Noble se decidió a practicarle una artroscopia, en la que se descubrió que el jugador tenía también roto el menisco y se corroboró el diagnóstico de la rotura del ligamento, aunque Noble continuó afirmando que no era necesaria una cirugía de reconstrucción del ligamento. 

Así, Doherty se enfrentó a días, semanas y meses de recuperación, siempre por su cuenta. Haciendo los mismos ejercicios de fuerza día tras día, hora tras hora, en soledad, mientras en el campo anexo disfrutaban del balón los que ya eran sus compañeros del primer equipo. 

El 7 de diciembre de 1991 Adrian Doherty hizo una nueva aparición con el equipo reserva. Allí, la expectación era máxima por dos motivos: ver al chico norirlandés que estaba en boca de todos de vuelta y comprobar si aquel pelirrojo apellidado Scholes que llevaba semanas jugando a gran nivel era realmente tan bueno. Ian Brunton, un especialista del equipo reserva del Manchester durante años, recuerda su reaparición como "Catastrófica. Él parecía una sombra del jugador que yo había visto antes. Esto suele ser normal en jugadores que han estado mucho sin jugar, pero a él se le veía raro. Ni siquiera su estilo de correr era el mismo"

11 días después, el 18 de diciembre, el médico Noble pidió una segunda opinión y se decidió a operar al jugador. "O pasas por el quirófano, o no podrás volver a jugar al fútbol de nuevo", le dijo el doctor. Habían pasado 10 meses desde la lesión y el jugador había reaparecido hasta en tres ocasiones distintas, con el ligamento cruzado y el menisco rotos. 

Sin confiar en Noble, que había cambiado de diagnóstico muchas veces en poco tiempo, Adrian y su padre viajaron en búsqueda de una nueva opinión, que recaería en el cirujano McClelland. "Mi sensación era que con la lesión que tenía sería muy difícil volver a jugar al fútbol a nivel profesional. Que incluso ni recuperaría su nivel previo", señaló el doctor. La operación se le practicó en febrero de 1992, un año después de la lesión y durante los siguientes dos meses el jugador tuvo que empezar la rehabilitación en su casa, por su cuenta, sin ninguna supervisión, de forma totalmente rudimentaria. 

En abril retornó a Manchester para empezar ejercicios con los fisioterapeutas y la opinión de McGregor era que la operación no había salido bien, como sí aseguraban los médicos. Un mes después, toda la plantilla y cuerpo técnico se fue de vacaciones. Doherty, que vivía con su amigo Leo en un piso compartido, hizo las maletas y de un momento a otro se plantó en Estados Unidos. De manera simultánea, los únicos en Mánchester que seguían con actividad eran los juveniles, donde Giggs, los Neville, Gillespie, Savagge, Beckham, Nicky Butt y Paul Scholes se alzaban con el título mientras Doherty se dedicaba a tocar sus canciones en locales de poca monta, a recitar sus poemas en los trenes de la Gran Manzana.

Con el fin de las vacaciones, la rutina de gimnasio retornó hasta que el 30 de enero de 1993, casi dos años después de la lesión, el momento parecía haber llegado: Adrian Doherty tenía el alta. Volvería a jugar al fútbol. Sus primeras actuaciones fueron totalmente desesperanzadoras. Dicen que antes de la lesión, nunca un lateral pudo arrebatarle el balón cuando Adrian iba en carrera. Ahora parecía otro, totalmente vulnerable, superado siempre por su par. Un jugador mortal con un mal día, pero uno detrás de otro. 

Adrian confirmaba entonces a su entorno que no estaba 100% recuperado de su rodilla pero, con todo, llegó a confesar a su padre que empezaba a sentir las sensaciones positivas del pasado. Lo hizo tras encadenar varias actuaciones notables y su llama del fútbol, esa que llevaba dos años apagadas, pareció por poco brillar. Quizás Adrian Doherty, el chico al que se le había roto el corazón por no haber podido debutar con el Manchester United ante el Everton en marzo de 1991, volvía a sentir el gusanillo del fútbol más de dos años después. 

Poco le duró la alegría, pues el Manchester United decidió no renovarle y ahí acabó su historia, con 20 años, en el que había sido el equipo de su vida, del que era fan desde niño. "No parecía dolido ni enfadado. Desde el primer día pasó página", afirman su padre y su madre. Rápido entendió y aceptó que el fútbol no iba a ser su vida y ni siquiera se molestó en buscar un nuevo equipo. Se dedicó entonces en cuerpo y alma a la composición, a su música, a sus poemas. Y no volvió a hablar del Manchester United, ni de su pasado como jugador, nunca más

La sensación de despecho que no tenía él sí se apoderó de su entorno, que no entendía que, tras dos años de lesión, al club le hubieran bastado cinco partidos para decidir que no era un jugador válido, en una lesión que deja importantes traumas psicológicos. Para más inri, ese mismo mes de mayo, según Adrian salía del club por la puerta de atrás, el Manchester United se proclamaba campeón de la Liga Inglesa por primera vez desde 1967. Era el inicio de la era exitosa de Ferguson. Aquel que mantuvo su puesto porque en el equipo juvenil jugaba un Adrian Doherty capaz de sostener, con sus actuaciones, el mal rendimiento del primer equipo, de apaciguar las críticas porque él era el futuro del Manchester United y lideraría una generación esperanzadora. 

Cuando las noticias de su salida de Old Trafford llegaron a Irlanda, rápido en las filas del Derry City se empezó a trabajar para intentar fichar al jugador. Adrian se había asentado en Preston ya entonces, y el club le ofreció no entrenar y acudir solamente a los partidos los fines de semana. Como simple hecho de diversión, pues la Liga Irlandesa no era profesional, y por defender los colores que una vez había llevado su padre, Adrian aceptó la oferta. Roy Coyle, entonces a cargo del Derry, llamó a Ferguson para preguntarle por el estado del chico, temiéndose entonces que llegara un crío con aires de grandeza que alterara el vestuario. "Si él consigue estar sano, centrado y motivado, puede jugar a cualquier nivel", contestó Ferguson. 
Adrian Doherty y Liam Coyle en el Derry City

Lo que se presentó aquel día en Irlanda fue totalmente lo contrario de lo que Coyle auguraba. Un chico con ropas anchas de segunda mano, despeinado, con una guitarra a cuestas y un par de botas de fútbol viejas. "Todo lo contrario de lo que te puedes imaginar de un adolescente que ha hecho dinero jugando en el Manchester United". Tras su primer entrenamiento, nadie tuvo ya dudas, su toque de balón seguía intacto. "Tú no debes estar aquí. Eres demasiado bueno para nosotros. Tienes que estar aterrorizando defensas en la Premier League", le dijo Coyle al segundo día. Ciertamente, el entrenador quería que Doherty acabara firmando con ellos mucho tiempo, pero sentía que tenía el deber de convencerle para que volviera a la Premier League, donde cualquier equipo que no fuera el Manchester estaría dispuesto a ficharle. 

El caso es que, tras la disputa de cuatro partidos, Adrian Doherty decidió dejarlo. Se sentó con el entrenador y le confirmó que no podía seguir jugando. "Me dijo que no se divertía ya jugando al fútbol y que el dolor que él sufría cuando jugaba en su rodilla era insoportable. Que se quería dedicar a tocar la guitarra". Y ahí acaba la carrera como futbolista profesional de Adrian Doherty, que se puede resumir en un puñado de partidos amistosos con el primer equipo del Manchester United y cuatro como jugador del Derry City.

Y eso, cantar, fue lo que hizo. Dicen que no se le daba nada bien (se le puede ver micrófono en mano en varios locales en vídeos de Youtube) eso de entonar, que lo suyo ciertamente era la composición, para lo que era un dotado. Aunque por su faceta de showman, fue capaz de ir poco a poco logrando espectáculos, que la gente se divirtiera con él y vivir de ello durante un tiempo. Trabajó también en una fábrica de chocolate, como botones en un hotel, en una panadería, como cartero y en una fábrica de metal. Nunca le dijo a nadie quién era, ni de dónde venía. No mencionaba que había sido jugador del Manchester United, y que llegó a ser considerado el mejor talento de Irlanda y el futuro mejor jugador del mundo. 

John O'Connell, el dueño del hotel que le contrató como portero, le dejó una habitación en su casa para vivir. "Yo siempre veía el fútbol. Era la época en la que Manchester United y Newcastle se jugaban todos los títulos. Siempre intentaba que Adrian viera el fútbol conmigo, pero nunca mostró ningún interés en ello", señala. "Me dijo que había trabajado en muchas cosas antes, pero no mencionó nada de su pasado como futbolista"

Su vida acabaría prematuramente de la forma más trágica posible. Tras vivir dos años y medio en Preston y cuatro en Galway, Adrian Doherty puso rumbo a Holanda, donde le había llegado una oferta de trabajo. Quería probar nuevas experiencias y no dudó en hacer las maletas. 

El 7 de mayo del 2000 un paciente entró en coma en un hospital de La Haya. presentaba graves daños cerebrales y había estado expuesto a una alta falta de oxígeno tras haberse caído a un canal y haber quedado inconsciente. No tenía documentos de identificación y lo único que se sabía de él, por su apariencia, era que podía ser escocés o irlandés y que presentaba una cantidad enorme de marcas y cicatrices en su rodilla derecha. Adrian Doherty, que no sabía nadar y le tenía pánico al agua, estuvo cinco días sin identificar hasta que su familia, preocupada porque no daba señales de vida, consiguió dar con él. 

Adrian Doherty murió el 9 de junio del 2000, justo un día antes de su 27º cumpleaños. Ese mismo año, el Manchester United había vuelto a ganar la Premier League y justo un año antes, los Neville, Beckham, Scholes y Ryan Giggs, esa generación que él estaba llamado a liberar, se había alzado con la Liga de Campeones tras remontar un duelo apasionante al Bayern Múnich en el tiempo de descuento. La policía determinó, tras una larga investigación, que su muerte fue accidental (cerca de 100 personas pierden la vida al año en Holanda por la misma causa) al ir corriendo a coger un tren para ir a trabajar, resbalar y caer al canal. Los médicos aseguraron que, de haber sobrevivido, podría haber sufrido daños cerebrales irreparables.

En su funeral, su hermano pequeño, a quien Adrian había enseñado a tocar la guitarra, tocó para él 'Forever Young', de Bob Dylan, que era su cantante favorito. El Manchester United propuso la creación del Adrian Doherty Trophy, un memorial a jugar cada año que su familia rechazó y en 2007 sacó un artículo en su programa prepartido que contaba la historia del jugador, titulado 'Adrian Doherty: The star we never saw'. "Iba a tener una carrera asombrosa. Tenía un talento terrible, era un jugador habilidoso, no era débil en ningún aspecto", admitió Gary Neville al ser abordado, justo al final de su exitosa carrera. 

La historia de Adrian Doherty pasará de padres a hijos, de generación en generación, como la historia de lo que pudo ser y nunca fue. Una lesión de rodilla nos apartó de ver a un jugador que todos tildaban como superlativo. Un chico del que, todos los que habían jugado con él, admitían era el mejor jugador que habían visto jugar. El ojito derecho de Sir Alex Ferguson, cuya carrera salvó jugando incluso en el equipo juvenil. Ryan Giggs, David Beckham o Paul Scholes eran meros teloneros, acompañantes, de un chico que podía jugar con la derecha, con la izquierda, correr, cambiar de ritmo cuando quería o regatear en corto sin flaquear. 

Cuando Brendan Rodgers llegó en 1990 al Reading, allí estaba Jim Leighton, cedido por el Manchester United. Se pusieron a hablar sobre la vida en Old Trafford y en Cliff Ground y entonces la conversación se desvió. "Le pregunté si conocía a un chico juvenil del equipo, del que me habían hablado muy bien, y me dijo que no. La misma respuesta que recibí al hablar de otro", apuntaba Rodgers. "Entonces, mencioné que conocía a un chico norirlandés llamado Adrian. ¿El Doc? me dijo, El Doc es como una leyenda".

-Agradecimientos a Oliver Kay. Gran parte de lo que aquí se narra está sacado de su libro 'Forever Young', que puedes comprar aquí

domingo, 12 de febrero de 2017

Cucho Hernández, el 'niño' goleador del Granada



Tener 17 años no le ha impedido a Juan Camilo Hernández (Pereira, Colombia, 1999) ser uno de los mejores jugadores del Sudamericano Sub20 que acaba de terminar. Lleva haciéndolo todo a una velocidad precoz y se diría que el chico ya está hasta acostumbrado. Colombia, que no ha estado a la altura en cuanto a la exigencia que se le pedía quedando última en el hexagonal final, ha aportado sin duda a uno de los mejores talentos del torneo.

A Juan Camilo Hernández desde pequeño se le conoce como el Cucho. Su padre le rapaba el pelo desde que era un crío y entonces ya, en su entorno, se empezó a bromear con el Cuchu Cambiasso para referirse a él. "Algunos también me llamaban así porque al tener la cabeza rapada me daba aspecto de viejo y malhumorado", admite él. El Cucho ha terminado el Sudamericano con dos goles (los dos únicos que marcó Colombia en la fase final) y ha sido segundo en el apartado de asistencias repartiendo tres.

Y es que Hernández, acostumbrado a ser un delantero bastante móvil por todo el campo, ha visto en este torneo cómo su posición ha ido variando durante el correr de los partidos. Empezó como '10', jugando por detrás de un delantero más tanque y ha ido alternando esa posición con la de jugar al lado de otro ariete en un sistema de dos puntas. Incluso, pese a su 1'75m de altura, ha jugado también como única referencia arriba.

El Cucho, en el Sudamericano /
JUAN CEVALLOS/AFP/Getty Images
El pasado mes de septiembre, el Granada fue el equipo más rápido de todos y se hizo con sus servicios. Hernández terminó la temporada con el Deportivo Pereira, su equipo de la Segunda División de Colombia, como máximo goleador pese a jugar el torneo con solo 16 y 17 años y los ojeadores no lo pasaron por alto. El equipo andaluz, en horas bajas en Primera, ha dejado al jugador en su país de origen pues hasta cumplir la mayoría de edad no puede cruzar el charco, según la normativa FIFA.

Hernández tenía 15 años cuando Hernán Lisi, entrenador del Deportivo Pereira, se fijó en él. Estuvo meses detrás del jugador viéndole disputar partidos en el Risaralda, equipo aficionado de su pueblo, hasta que decidió un día acceder a negociar con él. Lisi le propuso unirse al primer equipo del Deportivo Pereira y desde entonces su carrera no ha dejado de subir de manera meteórica. El equipo estaba en Segunda División de Colombia y Hernández no se puso nervioso cuando pasó de jugar casi en la calle a hacerlo en el fútbol profesional.

Tenía solo 15 años cuando le llegó el debut oficial y, con unas botas prestadas, jugaba sus primeros minutos en el campeonato. "Fernando Battiste me tuvo que dejar las zapatillas, porque los que yo tenía no servían para estos campos", señala. Cinco meses más tarde, ya con 16, marcaría su primer gol oficial. Fue decisivo, en la victoria de su equipo por 3-2. Hernández acabó ese primer curso con tres goles en 22 partidos, aunque prácticamente la mitad de ellos lo hizo como suplente, simplemente para ir ganando experiencia. "Al principio fue difícil. En este fútbol se corre mucho, se presiona bastante, yo casi no tenía experiencia", señala. 

Hay algunos jugadores que no entienden de adaptaciones, y el Cucho parece ser uno de ellos. Por eso, Cuando inició 2016, el colombiano pegó un golpe encima de la mesa y se hizo indiscutible en las alineaciones del Deportivo Pereira. Simplemente, no podía dejar de marcar. Disputó 33 de los 38 partidos del equipo en la temporada, todos ellos como titular, y marcó 20 goles, siendo galardonado como el máximo goleador de la categoría. Un niño jugando entre hombres que, por edad, bien podrían haber sido sus padres. Y aunque los rivales practicaban "un fútbol muy duro" y siempre le recibían con la pierna cual hacha de guerra, Hernández nunca se escondió. "Por eso, ser goleador en un torneo como este es todo un mérito"

El Deportivo Pereira logró acabar en primera posición (con diez puntos de ventaja) en la Liga Regular, pero no pudo lograr el objetivo del ascenso en el playoff. "Recuerdo ese día muy triste, todos desolados en el vestuario. Por un momento pensé en dejarlo y dedicarme a estudiar". Aunque este calentón fue solo fruto de la impotencia por no lograr el objetivo.

Hernández, ahora propiedad del Granada, ha sido cedido al América de Cali para disputar una Liga que ya lleva tres jornadas. Él, en el Sudamericano, aún no ha podido debutar con sus nuevos compañeros. 

El Cucho pasa por ser un jugador muy completo, versátil y con una gran visión de juego, pese a que su entorno natural está en el área. Conduce bien y regatea con solidez, además de ser muy veloz con pelota controlada, por eso es un peligro tanto cuando recibe dentro del propio área como cuando caracolea por la frontal en busca del balón. Posee un gran último pase, lo que le hace más peligroso si juega con un socio en la delantera, pues no solo marca, también asiste. 

El Cucho Hernández es ese chico que sueña con jugar en la Premier League, por ser el mejor torneo del mundo para él, pero que no esconde su admiración por el Real Madrid, donde ahora está James Rodríguez, ídolo cafetero por excelencia. Ese ese chico que lleva marcando goles desde la cuna, que acumula en su haber 17 trofeos oficiales como máximo goleador de distintos torneos. "Son demasiados" señala, y añade "no sé cuántas medallas tengo. Son muchas y ya perdí la cuenta". De seguir así, a buen seguro le llegarán muchas más.